A veces siento que me persigo mucho.
... El problema es que nunca me alcanzo.
Porque, tampoco es que sea tan importante.
¿No?
Todos somos como músicos que forman parte de una extraña orquesta, pienso yo.
En ella, nadie sabe de que va la obra final, y cada cual va componiendo su propia melodía, improvisando como puede con el instrumento que le ha tocado. Intrumentos vibrantes, como la guitarra, melancólicos cual violín, profundos como el oboe, tan versátiles como un piano.
Y las composiciones... oh, las composiciones pueden ser gráciles y precisas como un minueto, o poseer una étera tristeza de nocturno; tener el entusiasmo y energía de un rock, ser tan breves y contradictorias como una rapsodia, dulces como una balada, cantar con la alegría de una marcha, o ser tan grandiosas como una ópera. O quizás, todo eso a la vez.
Pero como nadie nos ha enseñado a tocar debidamente nuestro instrumento, debemos aprender solos; probablemente en algún momento perderemos el ritmo, y desafinaremos demasiadas veces como para poder contarlas.
No importa.
Porque al final, es el Gran Director quien nos guiará para tocar nuestra pieza única y personal, tal como nosotros la escribimos, pero complementándola con todas las demás melodías creadas, permiténdonos tocar todos juntos en una maravillosa armonía...
Creando así la eterna, palpitante y perfecta música del Universo.
"Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no mariposas gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran mariposas gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. [...]
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la red en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió al primer molino que estaba delante; y dándole con la red en el ala, la mariposa aleteó con tanta furia, que hizo la red pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante..."